Sobre no verdad y posverdad, implicaciones éticas, políticas y sociales

Por José Mármol

 

Presidente de la Asociación de Directores de Comunicación de la República Dominicana (ASODIRCOM), X Seminario de Comunicación Corporativa, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), RSTA, Santo Domingo, DN, 22 de marzo de 2018


 

La posmodernidad tiene muchos vericuetos, desde su definición hasta su interpretación o entendimiento. Pero, también tiene sus tretas, artilugios y pirotecnias lingüísticas y conceptuales. Lo que ha devenido en llamarse posverdad, en cuya nervadura nos adentraremos en breve, acusa cierto aire de resurrección del imaginario de Jorge Luis Borges, especialmente, en lo que atiene al título de su obra Historia universal de la infamia (Alianza Editorial, Madrid, 1998) *, un libro modelo de lo que empezará a llamarse realismo mágico, que Borges publica en 1935 y que revisa y reedita en 1954. En el prólogo de su autoría a esta última edición, el escritor admite que se trata de un conjunto de historias escritas, en lenguaje barroco, por un irresponsable, que llega a falsear y tergiversar historias ajenas, aunque los relatos están basados en crímenes reales. Allí se recuperan aires de autores como Stevenson, Chesterton y rasgos biográficos del poeta argentino Evaristo Carriego, así como elementos narrativos de las películas de von Sternberg. A mí, aunque lo silencie Borges, algunos pasajes de sus relatos de crímenes y degüellos me conectan con los asesinatos estéticos de Thomas de Quincey, que los consideraba una de las bellas artes.

 

Afirma, además el escritor, que el volumen de relatos está poblado por patíbulos y piratas, y que “la palabra infamia aturde en el título, pero bajo los tumultos no hay nada. No es otra cosa que apariencia, que una superficie de imágenes; por eso mismo puede acaso agradar”. Respecto de sí mismo, como autor barroco de los años treinta afirma que quien ejecutó la obra, en tanto que libro o vacuidad, no era más que un hombre desdichado que se entretuvo escribiéndolo, h que espera que “algún reflejo de aquel placer alcance a los lectores”. Es decir, que los seduzca, los atraiga, los engañe.

 

Por ejemplo, el texto titulado “El atroz redentor Lazarus Morell”, cuyo protagonista es el bandido norteamericano del siglo XIX John A. Murrell, fue escrito entre 1933 y 1934, y en él se reinterpreta y adapta a la ficción la consecuencia histórica, económica, política, racial y cultural derivada del reclamo del padre Bartolomé de las Casas al emperador Carlos V, mediante el cual solicita sustituir en el trabajo forzado a los indígenas, ya en proceso de extinción, por esclavos negros traídos desde África.

 

Consultado el 19 de marzo de 2018.

 

O como en el afamado relato “Hombre de la Esquina Rosada”, que, al terminar, el narrador omnisciente se refiere a su interlocutor imaginario llamándolo “Borges”, hablándole en segunda persona del singular y haciendo al autor parte de la trama ficticia.  

 

¿Podría algo parecerse más a la posverdad, que este afán borgeano de tergiversar los hechos para presentarlos a los lectores, a la audiencia, a la sociedad como si fuesen verdaderos? No hay barreras entre la realidad y la ficción, entre la verdad y la mentira, entre la subjetividad y la objetividad.

 

La fama reciente del neologismo posverdad ya es de conocimiento universal. El Oxford Dictionary la declaró “palabra del año” en 2016. Ese apogeo no hubiese sido posible sin condiciones de orden económico, como el neoliberalismo, el imperio del mercado y el antitético neoproteccionismo; de orden político, como el populismo y el nacionalismo radical; de orden social y moral, como la xenofobia, la aporofobia (o rechazo a los pobres por ser pobres) y el racismo; de orden cultural, como el singularismo y el multiculturalismo; de orden demográfico, como los flujos migratorios masivos por pobreza, guerras o sedición religiosa, y sobre todo, de orden tecnocientífico, especialmente, con la revolución tecnológica y lo que Han llama “el giro digital” (En el enjambre, España, Herder, 2014). O como prefiere llamarlo Manuel Castells (La era de la información. La sociedad red, Vol.I, España, Alianza Editorial, 2011), la “sociedad red”. En nuestro país, y con un mayor grado de complejidad analítica y de pensamiento en el ámbito de las humanidades digitales, el filósofo Andrés Merejo opta por emplear términos como ciberespacio, cibermundo, cibercultura y sujeto digital en ensayos como El ciberespacio en la Internet en República Dominicana (2007), Hackers y filosofía de la ciberpolítica (2012), La era del cibermundo (2015), El Cibermundo Global en la República Dominicana (2016) y La dominicanidad transida. Entre lo virtual y lo real (2017).

 

El sistema de producción y consumo liberales, así como sus estructuras jurídico-políticas experimentaron en 2008 una profunda fisura de carácter ético, cuyo generador por excelencia se situó en el septiembre negro de la Bolsa de Valores de Estados Unidos de Norteamérica. El virus de la bancarrota ética, con graves consecuencias económicas, se extendió como pólvora por Europa y Asia. Estas condiciones dieron lugar a formas de degradación del poder y del ejercicio del saber y de la política, que se resuelven, en cierta forma, en lo que hoy denominamos posverdad.

 

En su obra más crítica de la modernidad y sus efectos titulada Más allá del bien y del mal (1885) Nietzsche lanza una advertencia, en lo que se me antoja un preludio de la situación actual y la vigencia del término. Apoyado en el saber perspectivista, que se basa en la “mirada de rana”, es decir, aquella que se genera desde abajo hacia arriba, propia de los artistas, y con la cual subvirtió la filosofía y el arte de su tiempo, afirma tajantemente, a la altura del cuarto fragmento y a raíz del cuestionamiento a los juicios sintéticos a priori de Kant y el reclamo del valor de lo presumiblemente falso en lo presumiblemente verdadero, que “renunciar a los juicios falsos sería renunciar a la vida. Admitir que la no verdad es condición de la vida: esto significa, desde luego, enfrentarse de modo peligroso a los sentimientos de valor habituales: y una filosofía que osa hacer eso se coloca, ya solo con ello, más allá del bien y del mal”.

 

Nietzsche pone alas libertarias al acto de pensar, de hacerse preguntas sospechosas y de provocar la mirada oblicua en torno a los saberes establecidos como verdades absolutas, y sienta con este aserto, no solo las bases del perspectivismo, sino también, de un relativismo que contribuirá a su intención de transmutación de todos los valores. Gilles Lipovetsky (El crepúsculo del deber, Barcelona, Anagrama,1998), por su parte, reflexiona acerca de un “crepúsculo del deber” o de una época posdeóntica, es decir, de deberes superados, caracterizada por la falta de compromiso ético y por la preeminencia del individualismo y de los intereses particulares sobre los de valor común o socialmente compartido.

 

La historia de la verdad, vista socialmente, se ha desarrollado en estrecha urdimbre con la razón y la no verdad, ha ido de la mano con la historia del Estado, en tanto que ente regulador del orden y garantía de los gobernantes sobre los gobernados. So pretexto de usufructuar la verdad se han erigido jefes de tribus, imperios, califatos, regímenes despóticos, tiránicos, liberales y totalitarios. Sin embargo, su forma más aceptada ha venido adherida a la democracia como sistema político. Hoy día, y a raíz de la vigencia de lo pospolítico como degradación de la democracia y la miseria ética de los partidos, ese lugar lo ha ocupado la posverdad. Este fenómeno, como enunciamos al principio, no hubiera sido posible sin la revolución tecnológica, la digitalización de los sistemas de información, producción, consumo, comunicación y vida cotidiana para crear la cibersociedad y la tecnocracia como alternativa frente al Estado de bienestar, ahora reducido a mera caricatura; sin el apogeo del terrorismo fundamentalista, las crisis económicas y axiológicas, las guerras y los flujos migratorios masivos.

 

Fenómenos como el Brexit, las tendencias neopopulistas, neonacionalistas o tribalmente secesionistas en Europa, especialmente en Cataluña, y la elección y el gobierno tuitocrático de Trump son resultado del ejercicio de una relativización a ultranza de valores y creencias que impulsa la posverdad, cuya base emocional y subjetiva da pie a la manipulación y el engaño discursivo y político, en base a un proceso demagógico de suplantación de la objetividad. La posverdad ha creado la cortina de humo en que se agita la posdemocracia, con un grave déficit de sentido en conceptos, ahora inflacionados y distorsionados, como la patria, el pueblo, el ciudadano, derecho, identidad o libertad. A esto se suma, la neutralidad axiológica o indiferencia adiafórica, de la política ante los hechos mismos, por inhumanos que resulten. Además, da lugar al divorcio entre poder y política, por cuanto, el primero se ejerce en un ámbito global, mientras que el segundo se limita a los estados nacionales.

 

Resulta paradójico que, en el marco de la era digital, que reifica y absolutiza el dato por sí mismo hasta llegar a la supremacía del dataísmo o dogmatización del Big Data, no obstante, en términos políticos, se rinde culto a lo posfáctico, a la denigración del dato en sí, a su conversión en bisutería ideológica. Y, lo más temible, la distancia del poshecho (lo posfáctico) al posderecho (la tiranía o el totalitarismo) es muy corta. De ahí la no verdad, es decir, lo falsario e impostor de la objetividad en la posverdad, y su impredecible peligro.

 

Por esta peligrosa deriva extremista del imperativo de la simulación y verdad alternativa es que Timothy Garton Ash (“Una pelea justa por la verdad”, El País, miércoles 11 de enero de 2017, p.15) ve la ineludible e impostergable necesidad de luchar contra la mentira, librando una pelea justa a favor de la verdad; porque todos somos presa de la sensación manipulada de que “ningún discurso está completo si no incluye una referencia a que vivimos en la época de la posverdad”.  Aun así, el autor antepone el concepto basado en el adjetivo posfactual al de posverdad, porque aquel constituye una amenaza peor a la estabilidad de la democracia. Esto así, en la medida en que la amenaza posfactual promueve argumentos falsos, envolviéndolos en relatos conmovedores y amplificados en las cámaras de resonancia de la red y la comunicación digital, hasta modificar conductas e influir sobre la decisión de las masas. Esas cámaras de resonancia son, en lo posfactual, controladas y activadas por máquinas o robots y son capaces de generar una cantidad enorme de informaciones y noticias a través de las “superpotencias privadas” como Facebook, Google, Twitter, Instagram y otros, que han relegado su compromiso ético de poner en vigor el algoritmo capaz de filtrar las informaciones falsas.

 

En el ámbito de la comunicación mediática, la peor amenaza al periodismo de calidad, al periodismo honesto, riguroso y respetuoso con las reglas profesionales la constituyen las noticias falsas (fake news), según sostuvo Antonio Caño, director del periódico El País, en el Encuentro de Periodismo Fohla de Sao Paulo de febrero pasado, en Brasil. Denunció la proliferación de bulos (noticias falsas propaladas con algún fin) que han llevado “el caos al mundo de las noticias”, pero que, al mismo tiempo, han revalorizado el papel de la prensa como un referente fiable para informarse y para “fiscalizar los abusos del poder” (El País, miércoles 21 de febrero de 2018, p.26).

 

Ahora bien, la posverdad sería incomprendida si no se la equipara a otro concepto, probablemente menos simpático a los medios de comunicación, tanto impresos como digitales o electrónicos, y a la cultura light o derivada de la civilización del espectáculo, y, mucho más proclive al pensamiento social analítico y a la cuestión de la seguridad en el contexto corporativo. Se trata del concepto, de origen anglófono, de securitización. En español, el término más usado como equivalente es el de  titulización, que significa, en lenguaje financiero, técnica por medio de la cual se transfieren activos que proporcionan derecho de crédito, como facturas no saldadas o préstamos en vigencia, hacia un determinado inversor, de manera que los derechos de crédito quedan transformados en títulos financieros emitidos en los mercados de capitales, a través de una sociedad ad hoc (https://es.wikipedia.org/wiki/Titulización). Además de activos, también se puede llevar a cabo una operación de titulización por medio de la transferencia de los inversores solamente del riesgo de los activos concernidos. En este caso se transfiere solo el riesgo o una parte de este y se llama titulización sintética.

 

Tomando prestado el término del lenguaje financiero y orientándose más hacia el terreno de la teoría política de los años 90 de la Escuela de Copenhague, Zygmunt Bauman (Extraños llamando a la puerta, España, Paidós, 2016) define la securitización como un truco del político en su rol de prestidigitador. El truco consiste en el desplazamiento que los gobiernos débiles de estos tiempos de modernidad tardía, globalización e interdependencia hacen de la auténtica preocupación de la ciudadanía, cambiándolos por otros problemas que la nueva política, distorsionadora o mentirosa, sí parecería tener destreza para plantearle soluciones tranquilizadoras. Por ejemplo, ante la incapacidad de solucionar asuntos como la inseguridad ciudadana o el desempleo, la creciente pobreza y los flujos migratorios, esta suerte de políticos taumatúrgicos de la securitización presentan, antojadiza y capciosamente, otros problemas como el del terrorismo especular; o bien, los de la amenaza al sistema democrático por maniobras de la ciudadanía descontenta e indignada, así como, en nuestro caso más inmediato, el de una conspiración de la población que rechaza la corrupción y la impunidad o una posible invasión haitiana, para confundir el problema de la inmigración con el de la seguridad nacional y personal; cuando no, una presunta campaña internacional para desacreditar el Estado y su reputación por argucias de algún tribunal o una entidad de la sociedad civil. Securitizar es, pues, pasar gato por liebre. Lo que está en juego es mantener el estado de cosas mediante el empleo del recurso de desviación de la atención pública.

 

Otro hecho securitizado es ver cómo ante el rechazo mundial del ataque con armas químicas de Bashard al-Assad a su propia población, y las devastadoras imágenes de padres con sus niños muertos en brazos o de infantes heridos que preguntaban a sus socorristas si iban a morir, Estados Unidos decide bombardear con misiles una base aérea oficial siria, desafiando con ello a sus aliados Rusia e Irán, lo que parecería un gesto humanitario de mayúscula importancia y grave riesgo. Sin embargo, el objetivo de securitización de Estados Unidos lo único que persiguió fue revertir la caída en picado de la popularidad de Trump por los desaciertos e incertidumbres en la población estadounidense producto de varias órdenes ejecutivas fallidas, para despertar con manipulación el orgullo nacionalista del poderío militar norteamericano.

 

La posverdad es un argumento de raíz emocional, que provoca que lo que aparenta ser verdad resulta más importante que lo verdadero en sí. Crea la ilusión de que puede existir una objetividad alternativa a la objetividad palmaria u ostensible. Como su terreno de cultivo es la opinión pública, allí, la preeminencia de la posverdad consigue que los hechos concretos y objetivos sean menos relevantes que el mero apelar a las emociones o a las convicciones personales. Aunque se le vincula demasiado al apogeo de la comunicación digital, sobre todo, por su virtud de la ubicuidad, no es menos cierto que el término posverdad se utilizó desde inicios de los años 90 para el análisis, por parte del escritor Steve Tesich, de escándalos políticos como Watergate, Irán-Contra y la Guerra del Golfo. También el periodista Eric Alterman habló de ambiente político posverdadero al referirse a los argumentos engañosos de la administración Bush en torno a los trágicos ataques terroristas del 9/11 y las consecuentes invasiones a Afganistán e Irak.

 

El lenguaje político que atiene al ejercicio del poder posmoderno se vale de las argucias y veleidades propias de la securitización, cuando la posverdad se topa con su propio valladar semántico, con sus límites de utilidad significativa y simbólica. Luego de procesos históricos como Hiroshima y Nagasaky, la Guerra Fría, y muy especialmente, el 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, la securitización de las relaciones internacionales (RRII) se ha convertido, en el terreno político y empresarial, en una especie de “disciplina del miedo”. De acuerdo a un prospecto preparado por el Instituto de Gestión de Seguridad Interior de la Universidad de Long Island (http://www2.southampton.liu.edu/homeland/index.html [Consultado: 9 de noviembre de 2010]), citado por el profesor emérito de la Universidad de Sussex, Reino Unido, Kees Van Der Pijl (Relaciones Internacionales, No.31, Febrero 2016-Mayo 2016, Grupo de Estudio de Relaciones Internacionales, Universidad Autónoma de México, pp.153-187), el riesgo de la sociedad global, incluyendo las armas de destrucción masiva y el incremento de las actividades del terrorismo internacional han hecho que el tema de la seguridad interna cobre un relieve sin precedentes en los Estados y en las empresas.

 

El estudio revela cómo las empresas privadas, especialmente de los sectores como transporte, tecnologías de la información, finanzas, salud, educación e industria son cada vez más llamadas y comprometidas por el Estado en el resguardo de la seguridad interna de la nación. El ámbito corporativo ha incrementado sustancialmente el reclutamiento de personal de seguridad, expertos en comunicación y especialistas en cultura digital, porque, además de tener que hacer frente a los efectos directos y colaterales de la disciplina del miedo, también hay que desarrollar estrategias de manejo del riesgo reputacional, amenazado constantemente por rumores o campañas de descrédito con fundamento en las noticias falsas y los objetivos non sanctos de la posverdad.

 

Michel Foucault sostuvo lo siguiente: “El problema político esencial para el intelectual no es criticar los contenidos ideológicos que estarían ligados a la ciencia, o hacer de tal suerte que su práctica científica vaya acompañada de una ideología justa. El problema político del intelectual es saber si es posible constituir una nueva política de la verdad”. Añadía que el “problema no es ‘cambiar la conciencia’ de la gente o lo que tienen en la cabeza, sino cambiar el régimen político, económico, institucional de producción de la verdad” (“Verdad y poder”, L´Arc, 1971, entrevista con M. Fontana). La verdad no es algo absoluto; no es una esencia eterna ni un ente heredado en la cultura como algo inamovible. La verdad es un producto dinámico, social, histórico, científico y político, que se construye y constituye al fragor de contiendas filosóficas, ideológicas, económicas y sociales, que tienen lugar en un determinado espacio y en un tiempo específico. Foucault vio en la política de la verdad un problema del poder, lo cual lo convierte en un precursor crítico, con Nietzsche, como ya vimos, de la sospechosa posverdad.

 

En tanto que saber, la verdad es poder, y viceversa. También la mentira. Sobre esa raigambre histórica y social de la verdad, que le imprime el carácter de algo que se instituye y no que viene dado, así como sobre lo que concierne a su vulnerabilidad en términos de relaciones de poder-saber, el advenimiento al control político y su puesta en práctica como ejercicio del poder desde el Estado tenemos ejemplos muy concretos en figuras actuales como Putin, Maduro, Trump, como también Puigdemont y algunos eslóganes capciosos del secesionismo catalán. Han desafiado los límites de la verdad y la justicia, para impulsar una era de posverdad y posjusticia, llena de verdaderas mentiras y de imaginería, que parecen colocarnos ante la disyuntiva de tener que elegir entre democracia o posdemocracia, cuando no, entre elecciones y referendos falsarios o el respeto a las leyes establecidas por consenso o mayoría sociales. La posverdad como recurso de legitimación del neopopulismo ha degenerado el ejercicio de la política y caricaturizado el desempeño de la función del Estado y el estado de derecho, desplazando la racionalidad por la emoción o el instinto de que es posesa una mayoría espejística y forzada en las estructuras de poder, cuando no una horda masificada y alucinada por las promesas nunca cumplidas del populismo.

 

En el mundo actual estamos padeciendo una crisis de gobernabilidad, por adiaforización o neutralidad valorativa de la institucionalidad y el Estado de derecho. El mundo se encamina hacia una bancarrota de la autoridad y del sistema de representación, que exhibe una democracia cada vez más carente de contenido y maleable en su esencia, que pone en riesgoso la paz mundial. Enzio Mauro (Babel, España, Trotta, 2017) advierte que en el neopopulismo del siglo XXI la energía política residual de democracias extenuadas parece haber encontrado un refugio, haciendo de las auténticas fuerzas de la sociedad una especie de reserva y de la justicia y las leyes una suerte de ilusión, traducida a ajustes de cuentas perpetrados por el abuso del poder y la masiva difusión de mentiras factuales.

 

La posverdad, terror y mea culpa de las élites intelectuales actuales, ni es mentira ni es inocente, pero tampoco es toda la verdad, de acuerdo con Jordi Gracia (“La posverdad no es mentira”, En la era de la posverdad, Barcelona, Calambur, 2017, pp.37-48). Como patología social, la posverdad “ha perfeccionado y a la vez envilecido el procedimiento de fabricación de verdades parciales y teledirigidas” (Ibid, p.45). Los argumentos falsarios de la posverdad procuran seducir a los sectores económica y socialmente más vulberables: ese es su maquiavélico fin. Su eficacia comunicativa y narcótica se debe al efecto de toxicidad o viralidad global generado por la orgía informativa y desinformativa de las redes sociales y las plataformas digitales. Sin embargo, Gracia finaliza su ensayo levantando una alerta roja y denunciando que existen unas élites intelectuales que, en su sobreactuación contra la posverdad destilan una dosis de “mala conciencia” y de “autodefensa” en calidad de avales, que no son más que verdades parciales a las que también debió llamarse posverdad.

 

Téngase muy claro que la posverdad es algo que opera mucho más allá del alcance de una noticia falsa. De hecho, en su lógica retorcida, es mucho más importante que algo, sea verdad o sea mentira, aparente ser verdad, porque esto va a ser más importante que la verdad misma. Ya no solo se mienten las verdades, sino que, además, se mienten las mentiras en una dialéctica sinuosa, invisible y cotidiana que termina aceptándose como apariencia de verdad.

 

En un trabajo ensayístico de reveladora agudeza, el economista y periodista Joaquín Estefanía (“La mentira os hará eficaces”, En la era de la posverdad, Barcelona, Calambur, 2017, p.88) aduce que en la última década y en el mundo económico los hechos objetivos han tenido, quizás demasiadas veces, menos importancia que las creencias personales y las ideologías, a pesar de que en sus falencias hayan tenido que cargar con millones de vidas humanas. Cuestiona el criterio de autoridad que descansa en profesionales de la economía exitosos e incluso, ganadores del Premio Nobel, porque también ese criterio ha tenido más valor que la realidad misma. Subraya que “la que muchas veces es considerada la verdad objetiva, muchas veces también ha sido la verdad subjetiva” (Idem). Esta ambigüedad se hace palpable en el lenguaje de Orwell en su novela 1984, según el cual “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza” (Ibid, p.89).

 

En la dinámica empresarial actual, la economía de mercado está cediendo espacio a la economía de la reputación. Y no ha sido la mano invisible de ese mercado la que ha movido una pieza del puzle. No. De lo que se trata, fundamentalmente, es de cómo el capital reputacional de una empresa tiene tanto valor como el de sus activos financieros. ¿Cuál es el factor que le otorga ese relieve? Uno que parecía no estar en el guion de la normalidad: el factor riesgo. Su accionar es transversal a la visión de sostenibilidad o supervivencia de la empresa y su valor, aunque intangible, y solo no inmediatamente medible en dinero, tiene una importancia estratégica de primer orden.  La reputación de la empresa se traduce en credibilidad y fiabilidad de sus inversores, clientes, empleados, proveedores, opinión pública y sociedad. Y de la misma manera en que la imagen era preservada de los riesgos y atrevimientos del lenguaje publicitario, capaz, en ocasiones temerarias, de hacer promesas no del todo cumplibles, o bien, simplemente falsas, también la reputación debe ponerse a salvo de las pretensiones subjetivas y axiológicamente neutras de la posverdad y el poshecho.

 

En la construcción de confianza descansa uno de los grandes retos de la comunicación corporativa, en una economía de libre mercado y en el tráfago de la urdimbre mediática, la quiebra de la ética profesional y el enjambre de la era digital. De ahí la necesidad de alinear, de acuerdo al planteamiento del consultor y estratega de comunicación Ítalo Pizzolante Negrón, las inteligencias económica y social, para el fortalecimiento de una visión sostenible de la empresa y su interacción con el entorno. Pretender ser socialmente responsable no da a la empresa un salvoconducto ante las amenazas del entorno. La responsabilidad social debe gestionarse como proceso de escucha e interpretación de las expectativas, sobre todo, insatisfechas de la sociedad. En tal virtud el experto sustenta que “En la era de la trasparencia y la ´post-verdad´ es fundamental desarrollar nuevas habilidades para escuchar con humildad a la sociedad”. Y subraya que los responsables de la comunicación corporativa estamos obligados a desarrollar metodologías “que documenten la red de relaciones construidas en cada actuación institucional de la empresa, mapas de influencia y poder, análisis de colectivos que ya han fijado posiciones públicas y hacen predecible sus comportamientos, tendencias que el entorno empresarial valora y apoya y críticas que orienten nuevos caminos para construir confianza” (Pizzolane, I., “El desafío de la inteligencia social” https://diarioresponsable.com/opinion/25612-el-desafio-de-la-inteligencia-social-pizzolante, actualizado el 20 de marzo de 2018).

 

La comunicación corporativa y el director de comunicaciones tienen un compromiso ético impostergable e irrenunciable, que es el de salvaguardar el capital reputacional de la empresa o la institución, en un entorno que pone en tensión la misión económica y social de estas con la emocionalidad o los intereses inmediatos de sus relacionados, especialmente, con los sectores sociales más vulnerables, desde el punto de vista del incumplimiento, por parte del Estado y del progreso macroeconómico en abstracto, de sus demandas, expectativas y aspiraciones colectivas. Lo característico, por excelencia, de ese entorno viene dado en el apogeo de los medios alternativos, capaces de, a través de un tuit, un mensaje vía Whatsapp, una imagen de Instagram o Snapchat, o bien, un pronunciamiento en Facebook, un blog particular o una alerta a las comunidades virtuales de LinkedIn, crear una opinión pública paralela, más beligerante, más feroz y menos respetuosa que la opinión pública, distinta de la opinión publicada, que se estructura en los medios convencionales.

 

Una opinión personal, montada en una caja de resonancia ciberespacial, puede hacer trizas, en cuestión de segundos, una postura corporativa revestida de objetividad e institucionalidad. La fuerza aplastante de la autonomía que alimenta el giro digital de la comunicación ha mermado la credibilidad de los medios, que son un soporte fundamental de la comunicación corporativa. El imperialismo subjetivo y la dictadura factual de la posverdad y del poshecho se esfuerzan a cada instante por colocar en un segundo o un lejano plano el valor de la objetividad y la tradición de la verdad. La danza entre no verdad y posverdad genera un espacio que solo puede conducir a la sociedad, en conjunto, a una nueva ideología babélica, a un inadmisible predominio del caos, al abismo de la humanidad.

 

Vivimos en la era de la información digital y el conocimiento. Pero, ¿controlamos la información digital o nos controla ella a nosotros, apoyada en lo artificial y lo poshumano? ¿Habrá un algoritmo que adelante la respuesta? Tal vez.

 

Muchas gracias.